En La truita, una pareja que se acerca a la edad de jubilación acaba de mudarse a un pequeño pueblo para abrir una pequeña panadería ecológica. Casa nueva, vida nueva, dicen. Un domingo reúnen a sus tres hijas y a sus respectivas parejas para celebrar el cumpleaños del padre.
La hija mediana, sin embargo, llega con un pez: una trucha. Lactopescovegetariana, no comerá la ternera que su madre ha preparado con tanto amor. De hecho, hablarán principalmente de eso. ¿Por qué no hace como todo el mundo? ¿Qué significa “tener convicciones”? ¿Y convicciones de qué, exactamente? ¿Es adecuado defender nuestras convicciones cuando hacen daño a los demás?
Mientras tanto, el padre tiene un anuncio importante que hacer. Según explica su autor, en La truita “quería hablar de aquellos en los que no nos fijamos, en los que nunca nos interesamos, invisibilizados no por cuestiones políticas (que es lo que hacemos con los violentos, los locos o los pobres), sino simplemente por omisión, por falta de interés. Aquellos que, de generación en generación, piensan en el mundo, intentan representarlo o representarse en él, pero que finalmente nunca lo hacen”.
La truita habla de amor, de comida, de familia, de muerte, de amor, de generaciones, de valores universales, de comunitarismo, de la actualidad. Su implacable estructura está formada por tres partes: entrante, segundo plato y postre.
LA TRUITA
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