Contar la vida de Miguel Hernández siempre es una aventura; y lo es porque su perfil rompe moldes y desafía normas y estadísticas. Es un caso verdaderamente excepcional tanto como escritor como hombre. También lo es porque detrás de la construcción de su relato biográfico hay una labor de rescate y de desbroce, de alejamiento de los tópicos que le convirtieron en una bandera, un mártir y un triste poeta-cabrero. Devolverlo a su estado natural, a su condición de militante apasionado de la vida, limpio de leyendas, es la tarea que asume nuestro espectáculo, con el propósito de enamorar al espectador a través del recorrido vital de un poeta que, en sólo doce años de producción, justificó plenamente su oficio dejando a los editores futuros cuatro.
Miguel Hernández murió muy joven, pero en esos 31 años de vida trazó un recorrido sin precedentes en la historia de la literatura contemporánea. Consiguió convertirse en un poeta necesario, tal y como lo definía Antonio Buero Vallejo, en un tiempo convulso, dividido, para él, entre seis años de República, desengaños y esperanzas, y otros seis años de guerra feroz y de prisiones perpetradas por el franquismo.
Como suele ocurrir con los clásicos, hay infinitas respuestas a la pregunta ¿Por qué volver a Miguel Hernández? En primer lugar, porque a los clásicos no se vuelve, sino que permanece; en esto consiste, precisamente, el hecho de ser clásicos.
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